viernes, 12 de diciembre de 2008

EL DECLIVE DE LA CIUDAD DE MAHAGONNY



¿ Qué pasa con el arte cuando terminan las vanguardias? ¿Hacia dónde va el rumbo de los artistas que se quedan son los grandes maestros del s.XX? La respuesta es: A Nueva York.


EL DECLIVE DE LA CIUDAD DE MAHAGONNY. Robert Hugues. Comentario de texto.


En la época del Cuattrocento, el arte estaba disperso, es más, no se concebía el arte en sí, sino talleres y gremios especializados en vertientes concretas como por ejemplo, talleres de vidrieras o de orfebrería. Se les llamaba más bien, artes decorativas pues no servían para nada más.

Es entonces cuando se redescubren en Roma los antiguos tratados artísticos de Vitrubio y se le empieza a dar más importancia a esas artes que se tenían como tal, siglos antes ( la pintura, escultura, arquitectura...). En parte, éste fue uno de los motivos por el que se comenzó a excavar e investigar el Foro de Roma. Allí se inicia un gran apogeo de curiosidad e interés por el conocimiento en la vida romana, tanto, que Roma se convierte en centro artístico y cultural internacional. Todo artista de aquella época no podía ser buen artista si no pisaba roma y se empapaba de las fuentes poderosas que allí emanaban.
Se unen esos talleres y gremios para formar una enseñanza seria y completa y aparecen las escuelas de arte.

Todo funcionó bien hasta finales del s.XVII. Roma empieza a perder fuerza y quedarse a anquilosado y anticuado. A pesar de ello, hubo algunos artistas italianos que seguían a flote por su gran trabajo como lo fue Piranesi, el cual, centraba su trabajo en la nostalgia romántica representada por grandes construcciones en ruinas devoradas por la naturaleza y pequeños personajes paseando a su alrededor melancólicamente. Parecía que presagiaba el hundimiento de su ciudad como capital cultural…

En 1670, el cardenal Mazarino asume el control efectivo de la administración francesa y se comienza a llevar grandes cantidades de arte italiano a París .Todo ello para formar las bases de las colecciones estatales centralizadas en el museo del Louvre, en la ciudad nombrada.
París sufre un ascenso estético y cultural muy importante al igual que política y militarmente.
Se convierte en la nueva capital de las artes cuyo principal objetivo era el de ser el punto de unión entre los artistas cosmopolitas de la villa de París y los mejores de las provincias restantes de la extensión francesa, al igual que su madre Roma había hecho.
En 1851, la población urbana había aumentado tanto debido a la proliferación cultural y a la revolución industrial que, por primera vez superaba a la población rural en Francia. A ella le siguieron Inglaterra y otros países del continente europeo.
París adquiere un aire de supremacía y unidad patriótica que se verá reforzada por Napoleón Bonaparte imponiendo el estilo neoclásico francés en las artes. Todo esto dura todo el s.XIX hasta la primera guerra mundial en 1914, pero antes, en medio de todo ese clima de movimiento cultural, se concibe más o menos preciso el concepto de avant-gardes ( las vanguardias ).
La noción de este concepto nace con la idea de la vida urbana.

Las ciudades provocaban rápidos cambios en la vida de los hombres al contrario que el campo en el cual los cambios son casi inapreciables por su lentitud. Se empiezan a remarcar las diferencias entre la Francia profunda provinciana y la capital, excesivamente moderna. Cambia también el concepto de vida privada que se ve trastornada por un nuevo sentimiento de espacio público. La vida cotidiana cultural de París deja de estar en los grandes salones y palacios de la burguesía para trasladarse a los Cafés y los bulevares. Allí se intercambian opiniones de lo más variopinto para convertir todo, en un espectáculo fantástico.

El arte del nuevo París, capital del arte moderno, está fascinado con la ambigüedad social, y con la libertad en su propia vida y de expresión.
Se desvincula de la tradición para dar paso a creaciones completamente nuevas y revolucionarias. Dos de las características más importantes de las vanguardias artísticas fueron el sentimiento de no tener una identidad fija y la concepción del artista como subversivo. Y todo ello nos dio a los grandes maestros del arte Rodin, en escultura, y Munch, Gauguin, Van Gogh, Matisse, Degas, Seurat, Monet, Manet y Cézanne en pintura entre otros.
Todo era una promesa de radicalismo en el que en ocasiones se llegaba a mezclar el arte y la política, el mundo podía mejorarse a través de la hermandad universal y no había surgido el mito del repudio cultural como sucedería en América años después.
El arte dentro de su radicalismo y su afán por lo nuevo, no había dejado de lado del todo el aprendizaje de los artistas del s.XVI. Se creía que la naturaleza era el regulador infalible del pensamiento y empieza a tomar interés el intercambio cultural con las culturas más primitivas. Pablo Picasso se fijó en la cultura africana, Gauguin en la polinesia y Van Gogh en la japonesa, pero no fueron lo únicos artistas que lo hicieron. La capacidad del artista para consultar y utilizar las tradiciones pasadas de su propia cultura con toda libertad, se hace también evidente.

La pintura y la escultura eran formas sociales dominantes: continuaban suministrando en una medida totalmente inimaginable para nosotros, los códigos visuales por los que se podía interpretar el mundo.
Su medio de comunicación en masa era principalmente la prensa por lo que no había información reciente ni buenas imágenes a color de lo que se hacía de arte. El cine todavía no había terminado de nacer y no fue hasta 1925 que en televisión se pudieran reconocer las primeras facciones humanas.
Por tanto el peso de la tradición era mucho mayor que en los años venideros.
Pero todo tiene su final y esta etapa termina conforme los grandes artistas europeos van muriendo allá por los años treinta.

En el año 1940, toma el relevo N.York. Un nuevo continente, una nueva idea y una ciudad dispuesta a superar a las vanguardias europeas.
Para ello decide aceptar casi todo como arte en forma de “terapia radical”. Toma importancia lo rompedor; lo nuevo era fuerte y la tradición, podría decirse, débil. Pero en realidad N.York nada tenía que hacer frente a París, era una batalla perdida desde el principio, para empezar porque la idea de centro artístico internacional estaba empezando a desaparecer, pero aun así se continuó.

Europa en el fin-de- siècle contaba con grandes artistas y América en los ochenta tenía muchos canales de televisión y la sombra de algún artista que destacó algo, por supuesto, ni la mitad de relevantes que sus contrincantes europeos.


En Europa en 1890 el artista más famoso del norte no era G..Klimt ni Schielle sino un tal Hansmakart que tenía mucho dinero y montó mucho folclore a su alrededor para ser conocido. Y ésto mismo quiso hacer América, montar folclore.

América tubo su máximo apogeo entre 1940 y 1980. Creía que el arte moderno no es creativo si se imparten las disciplinas tradicionales del posado del natural, para los maestros esto les resultaba más cómodo; que cada cual hiciese lo que le apeteciera, por lo tanto esas clases magistrales del s.XVII fueron suprimidas de los programas de estudio del arte. El arte a su misma vez llega a considerarse como estudio universitario y la enseñanza de éste adquiere tintes exclusivamente teóricos que se ponen por encima de los prácticos y de realización.


Aparece el arte conceptual, arte teorizado, obras que sin explicación acompañante carecen de sentido. Ésto más la enseñanza de obras pasadas a través de diapositivas que no muestran ni textura ni dimensiones reales, llevan al nuevo artista americano a inclinarse por la obra incorpórea, la conceptual. Nos encontramos ante una grave pérdida de presencia de la obra en sí.

Las generaciones americanas desde 1925, han crecido frente al televisor y el poder de éste va más allá de cualquier cosa que las bellas artes hayan conseguido y deseado jamás.
La televisión ha dado entre otras cosas, una positiva y una negativa. La positiva es que se ha creado el video-arte, como una disciplina más dentro de las artes, obras de arte en movimiento o no y con sonido o no. Un cambio radical a la visión anterior con muchas posibilidades aun sin explotar.
Y la parte negativa ha sido que el mundo se ha llenado de estereotipos y se ha puesto la zancadilla al desarrollo de la imaginación propia. Se nos da todo hecho, todo pensado e imaginado.
Estas generaciones no pueden comprender una tradición de las bellas artes que no estuviera a la sombra de la televisión, cosa que forzosamente se ve reflejada en todas sus obras.
Se le quita importancia a la naturaleza y a la tradición y la cultura lo es todo, la información.
América entra en una época del “usar y tirar y reponer inmediatamente” y se le da valor a ello. Acogió el modelo más comercial de novedad, la rápida obsolencia de los productos, la conquista de nuevos mercados y los medios de comunicación de masas. Y esto podía acelerarse hasta la locura.
Se hizo competitiva e inflacionista, crecida por excesivas proclamas de sí misma. En los años ochenta, la escala de nutrición cultural se hace gigantesca y su práctica principal la de engullir y vomitar para volver a engullir.

Junto al conceptualismo llega también el expresionismo abstracto, una corriente que poco o nada tenía que ver con las vanguardias, eso era bueno para lo que América se estaba proponiendo. Sus representantes más importantes fueron Pollock, De Kooning, Rothko, Newman, David Smith o Gorky de los cuales destacaban las cualidades de trabajos toscos, fuertes y exuberantes al mismo tiempo que inventivos, curiosos y con gran capacidad resolutiva. Pero sobre todo, reinaba el individualismo. El destacar todos por encima de todos. Ser el rey de al menos un día.

El arte admite todo, incluso cosas que tradicionalmente no tienen nada que ver con el arte y el resultado es un monstruo impactante pero de corto alcance y efímero, que pretende ser espectáculo, pongamos por ejemplo, el Body-art. Escándalo tras escándalo para atraer a los periodistas y a sus coronas de reinado por un día.

Todo lo que Estados Unidos hacía era divino, insuperable e inalcanzable para otro país, es por ello que el continente australiano, subordinado en parte por el idioma acogido del primero, pasó por un grave período de depresión.
Australia se resignaba a su irrelevancia cultural, no creaba nada porque su hermano mayor EEUU lo iba a pisotear. Se creía que todo iba a ser juzgado por cualquier persona de fuera de los límites de su país, tenían miedo a parecer torpes. Por tanto no se hace arte en esa época en Australia.
Ellos se limitan a estudiar el arte contemporáneo a través de libros, revistas o diapositivas, nunca o casi nunca a partir del original, lo que produjo una gran frustración en ellos. La energía que les llegaba a través de los medios de EEUU era que el arte que se estaba haciendo en N.York tenía un poder especial, una relevancia suprema, lo que bloqueaba a los australianos para crear su propio arte, pero sin embargo, ellos veían las estampas de aquellas “obras maestras” y no las veían como tales. Había que ver a Dios en aquellas obras de arte como lo veían los americanos pero si los australianos no lo veían creían que aquello significaba que no eran dignos de observar ese arte. Tendrían que asumir la postura de que su propia falta de preparación, o simple ignorancia era impedimento para ver a Dios, al arte verdadero...
Tal era el poder de los medios en América, y desgraciadamente, lo sigue siendo.


El mercado del arte americano entra en un círculo vicioso incontenible. El arte tiene más difusión y el poder adquisitivo de la población general mejora, por tanto se vende más arte. Todo vale, y todo se vende y se compra alcanzando precios de vértigo. Éste no está dirigido por los artistas sino por especuladores financieros, víctimas de la moda y ricos ignorantes. ¿Que se esperaba si el arte dependía de ellos?
El mercado quiere borrar todos los valores que puedan impedir que cualquier cosa se convierta en una obra de arte. Todo puede ser arte. Llega un punto en el que hay demasiados reyes-artistas, demasiados coleccionistas, afirmaciones exageradas y poco sentido de la medida. Vence la promoción sobre el conocimiento. No importa que sea de mala calidad, lo que importa es que sea conocido.
En los años ochenta en N.York, se ha generado más riqueza en el papel que en cualquier otra ciudad en cualquier época de toda la historia de la humanidad. EL ARTE SE CONVIERTE EN INDUSTRIA.
Los beneficios son inmensos y las normas inexistentes. ¿Hasta dónde dará esto de sí? Ahora hemos dado por sentado que el arte tiene precios de locura. Parece normal que su cotización debe violar nuestro sentido de la decencia.
A pesar de que la idea de que el arte sea un lujo no es nada nuevo, este extremo llega a perder su valor y su uso social. Este proceso colapsa los matices del significado y la experiencia visual bajo el peso brutal del precio.
Las nuevas relaciones entre valor y precio se estableen en la casa de subastas de Sotheby's en N.York en la cual se han vendido latas de galletas de Andy Warhol por 20.000 dólares en el año 88, lo que a mi corto entender, está desorbitado y ha traído muy malas consecuencias.
Para los museos fue fatal, éstos disponían de un presupuesto anual para la adquisición temporal o no, de obras, pero al dispararse así el precio del “arte” tuvieron que reducir el número y calidad de las mismas por lo que los museos perdieron y la cultura americana también en consecuencia. Se empobreció la experiencia pública del arte.
Al haber esa superpoblación de artistas, hay mucho más desperdicio y gracias a la falta de discriminación en el mercado de los museos, la situación es todavía peor.
Hubo dos episodios que dieron lugar a la maldición de los museos americanos principalmente:
el préstamo de la Mona Lisa a los EEUU para que estuviese en la misma sala que la otra dama más famosa del mundo, Jackie; y la aparición de la Pietá de M.Angel en la Exposición Universal de 1964 a la que siguieron la exhibición de la momia de Tutankamon y la exposición vaticana en 1983.
A partir de entonces fue muy difícil para los museos plantearse grandes retrospectivas. La circulación del arte disminuye y las posibilidades apuntan que los museos tengan que volver a depender como lo hacían en los años cuarenta de las colecciones permanentes.
Al haberse convertido el museo en un sistema de promoción de arte, se adapta a lo que ocurre en ese momento por no parecer obsoleto y esto reduce la independencia de su gusto.
También a la larga ha hecho que los museos americanos perdiesen prestigio y calidad.

Y entonces Nueva York se da cuenta de que ha entrado en un callejón sin salida y comienza a caer.

Todo lo ocurrido se juntó con la presión económica que las inmobiliarias ejercían sobre la vivienda y los locales, que repercutía directamente en el arte al privar a los artistas de poseer locales adaptados para realizar su trabajo en Manhattan y otras partes de la ciudad. El artista neoyorquino no se consideraba a sí mismo auténtico si su trabajo no se desarrollaba en ese lugar, pero los altos precios y la codicia inmobiliaria pudieron más, y los artistas tuvieron que emigrar a pueblos y ciudades de alrededor. Dejaron de ser “auténticos”. Otros de los motivos de la emigración fueron el aumento de la delincuencia, el incremento del mercado de las drogas, el racismo y el SIDA, que dominaban las calles de Nueva York.
Hasta cierto punto la basura creada por el excesivo materialismo y ese clima mugriento de Manhattan eran un estímulo para los artistas pero (el artista “Cesar” francés utiliza en los años setenta y ochenta chatarra para realizar sus esculturas) llegó un momento en el que se hizo insostenible y se fueron de allí.

Todo reventó, se salió de los caminos naturales del arte y se dejó de buscar un “centro cultural artístico.” El centro artístico puede estar en cualquier lado. Hay demasiados artistas como para centrarlos todos en una ciudad, se reparte la cultura.

La pérdida de vitalidad de N.York se debió principalmente a su doblegación cultural y económica a los medios de comunicación y el poder de la imagen efímera. Aunque no hay que quitarle importancia a la pérdida de talento en la pintura y la escultura gracias a la desaparición de escuelas y el “todo vale”. Hubo un declive general en los medios educacionales.
La creencia de que N.York tenía la misión de marcar las pautas generales culturales de Europa surgió del convencimiento narcisista de que la gente de todo el mundo aspiraba a la condición de americano.
América en los años ochenta tenía nostalgia por una época en la que su país parecía joven y poderoso, y capaz de producir cualquier cosa a voluntad. Aquella década fue infame y de declive claro del arte americano pero la parte buena es que hemos quedado curados de espanto tras esta gran carrera hacia lo imposible.



1 comentario:

Eduardo Miguel dijo...

- Usted exactamente como para escribir el hein, bueno deseo decir a él que encontré su oferta del arte muy interesante, yo tuve gusto mucho de felicitaciones y gran que abrazo del Brasil